Hijos del Pueblo Nº22

2010-05-02 19:35:32

Fecha: Mayo/Junio 2010Tapa HDP N?22

Sumario:

  • Cartelera (pág. 2)
  • Sindicalismo integrado vs. sindicalismo revolucionario II (pág. 3)
  • Por la organización independiente de la clase trabajadora (pág. 4)
  • ¡Paritarias, inflación y ajuste! (pág. 5)
  • Bicentenario: Nada que festejar (pág. 6)
  • 1ro de Mayo: Día Internacional de los Trabajadores (pág. 7)

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Editorial

“No es el culto a la patria lo que ha hecho grande a la Argentina, sino el trabajo, y el trabajo moderno lejos de subrayar fronteras, acabará por barrerlas y borrarlas”
Rafael Barrett

Mayo es una palabra de evocaciones poderosas en la conciencia de la clase obrera. Por más que hayan habido rupturas y ausencia de continuidades orgánicas, la memoria de los trabajadores y trabajadoras como unidad oprimida y explotada, resuena con los ecos de las gestas y los caídos. En este sentido, Mayo es un recuerdo de dos caras. La alegría del combate y el dolor de los muertos se entremezclan, forjando un espíritu de lucha que recoge lo mejor de cada experiencia y aprende de quienes cayeron en defensa de la dignidad obrera.

Y es por eso que la importancia de los días exactos, los lugares precisos y las banderías particulares pierden su sentido ante la magnitud de los eventos y sus significados. El 1º de Mayo, la Represión del Centenario y el Cordobazo, son los hechos sobresalientes que hermanan a la clase obrera internacional que construye su propio camino de independencia, sin someterse a los mandatos de la burguesía y su instrumento de dominación: el Estado.

En estos tres hitos, fueron los obreros y obreras quienes cayeron, pero también aquellos que pusieron en pie a sus hermanos y hermanas para enfrentar la dominación. Honraron, con sacrifi cio y dedicación aquella máxima de la Internacional que hablaba de la emancipación, y que sólo contenía una condición: ser llevada adelante por ellos mismos.

Independencia es una palabra de moda que en estos días sirve para todo, incluso para tributar dinero a las mayores potencias mundiales. También los homenajes abundan, de distinto calibre y color, pero todos fi nanciados con los bienes expropiados al pueblo trabajador. Pero así como la burguesía bastardea estos términos y se los apropia para convertir todo en parte de su liturgia patria, los trabajadores, que lo damos todo y no recibimos nada, debemos llevar adelante nuestro propio homenaje. Como toda acción de los oprimidos en pos de la liberación, la que proponemos es larga y requiere de abnegación suficiente para enfrentar un proceso, con sus altas y bajas. Lo que queremos es honrar realmente a los luchadores y luchadoras de aquellos tiempos, que hoy parecen lejanos, pero que podemos vivir como propios al comprobar que la explotación y la opresión no disminuyeron, y la resistencia se demuestra como una imperiosa necesidad. Para mantener vivo su recuerdo, debemos hacer carne el compromiso, y luchar. Con todas nuestras fuerzas, sin descanso ni tribulaciones. Junto a nuestros compañeros, porque sin ellos no somos nada, y unidos somos invencibles.

Sobre todo nosotros, los anarquistas, debemos procurar encontrarnos a la altura de las circunstancias. Las embestidas del capital que se materializaron con toda brutalidad en las ejecuciones de Chicago y los muertos del Centenario, tenían un claro objetivo: acabar con el anarquismo, acabar con la clase trabajadora que se mostró hambrienta de libertad. El sentimiento libertario que hinchaba los pechos obreros se había vuelto ingobernable para los poderosos, y fue necesario emplear la violencia, selectiva en un caso, de tintes genocidas en el otro. Perseguir, masacrar, quemar y torturar, para asegurar su dominio e infundir el terror. No lo lograron, en ninguno de los dos casos, porque hasta las mismas organizaciones libertarias resurgieron

con fuerza para llevar adelante a los proletarios en la batalla. Sin embargo, el lento camino hacia el ocaso había comenzado para el anarquismo de masas, aunque no para la insurrección obrera. Tras arriar las banderas rojinegras, los períodos de confusión se sucedieron hasta que muchos años después, casi terminando el sacrificado mes de Mayo, nuevamente se volvería a alzar el puño trabajador. No les salió, quisieron apagar la llama, pero avivaron un fuego que no se apagará.

Los ojos de la Historia se posan sobre los anarquistas de hoy. Sostengamos fi rmemente su mirada, y probemos ser dignos herederos de nuestro pasado.

¡A la lucha, compañeros!

¡Salud, y Revolución Social!